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El abanico de nácar
Otoño del 56. Buen año para mi abuelo.
El girasol había rendido y el ganado cotizado más que cinco años atrás.-
Se dieron el lujo de clase media burgués: viajar a Europa durante tres meses, recorrer casi todo, no ver nada, volver cansados y mezclando en el recuerdo ríos y montañas, ciudades y puertos... Igual eso no importaba. Todos hacían lo mismo. Lo que valía era irse a Europa en viaje de placer.-
Mi tía contaba entonces con veinte años recién estrenados. No era bonita, pero sí elegante, de cuello largo como un cisne negro y con la piel cetrina que heredó de abuelo.-
Delgada, mucho, con largas piernas flacas y sin otro adorno que un collar de perlas de tres vueltas enroscado.-
Usaba sombrero y eso a mí me llamaba poderosamente la atención.-
Revolviendo en el desván de la vieja casa, limpiando, tirando, yendo y viniendo los recuerdos, mamá y yo deshojábamos margaritas: esto sí, aquello no... .
Había que entregar la casa en cinco días.
La vieja casona, al fin se había vendido. No fue fácil para los agentes inmobiliarios, tardaron más de un año en encontrar interesado en aquel enorme caserón viejo y enfermo. Resultó ser un joven médico que lo usaría como geriátrico. Las grandes y numerosas habitaciones, la galería extensa y vidriada eran especiales para ese fin.-
Hurgando toda una mañana; guardando y tirando, esto sí, esto no, encontré el abanico de nácar... parte de él.-
Lo trajo la tía, de su viaje, todavía orgullosa, resplandeciente, todavía ilusionada.-
Lo mostraba con pudor y vanidad. Sus amigas lo elogiaban y ella con media sonrisa, halagada, volvía a cerrarlo y lo guardaba otra vez en su estuche de raso. Intacto.-
Siempre quiso mantenerlo así; a punto tal que lo usaba una vez al año, para la nochebuena en la misa del gallo.-
Las luces que alguna vez tuvo la parroquia., aquellas lujuriosas, ostentosas lágrimas de cristal, símbolo de una época de bonanza, de fundaciones de villas, de traer todo del “otro mundo”, brillaban junto con el nácar formando arco iris, mientras la luz se esparcía a cada movimiento que la tía le imprimía sabiamente con su mano, al mecerlo cual niño en su cuna.-
El primer recuerdo de ese abanico se remonta a mis siete años. La tía lo mostraba orgullosa a una prima lejana residente en la capital y que estaba de visita obligada en el pueblo recorriendo casa por casa toda la parentela.- Ambas cuchicheaban por lo bajo algo que yo no entendía.
Aprovechando ese momento de distracción tomé aquel preciado objeto, vedado para mí, y al instante la tía y la prima espantadas intentaron quitármelo. En el forcejeo se rompió.-
Mi tía y yo vimos en cámara lenta volar hasta el techo las delgadas plumas de nácar que lo componían y caer plásticamente sobre la vieja alfombra, desparramadas.-
El desconsuelo familiar por aquel abanico duró casi una semana.
Mi tía lloraba en su cama, en el salón de costura, en la cocina, en la sala...
Yo, no entendía porqué tamaña penitencia, porqué los golpes de mi madre y, especialmente porqué mi tía, mi querida tía, la que tanto me mimaba siempre, había dejado de hablarme.-
Ahora tengo partes de él en mis manos. Las que primorosamente una a una mi abuela anudó en señal de consuelo con una cinta de raso, gesto que a la hija por supuesto, no le resultó suficiente.-
Sentados en posición flor de loto mi madre y yo frente al arcón seguimos descartando y atesorando recuerdos. Le muestro los trozos de nácar y me entero de su historia.-
Para mi era tan sólo un objeto traído desde muy lejos que la tía en gesto soberbio lucía cual una diadema y guardaba bajo siete llaves como cinturón de castidad.
En esa posición de descanso nos quedamos mirando la luz que penetraba por la buhardilla deformándose en colores resplandecientes y al gran arco iris tiñendo el techo y las paredes de la pequeña habitación.-
Era el clima perfecto para conocer de boca de mi madre la historia del abanico, que tan importante era para su hermana.-
Me entero entonces, que en el largo viaje en barco, volviendo a su país, la tía recibió el abanico de manos del Capitán.-
Durante diecisiete plácidos días cenaron juntos a la luz de las velas; diecisiete soles a la hora del ocaso, siempre diferentes, les colorearon el rostro sobre la cubierta... y supongo, también diecisiete noches de forma distinta, hicieron el amor.-
El barco llegó a puerto. El viaje terminaba y entre los saludos de familiares y amigos, la enorme cantidad de cajas con sombreros parisinos, de valijas españolas, de repletos arcones con cristales de Murano, estaba el abanico de nácar. Pero no el Capitán. Según parece lo esperó dos años. Ni una señal.-
El abanico anudado por la abuela se abre en mi mano.
¿Qué hacemos con él, mamá? Esto sí... aquello no....Días después con un saludo breve nos despedimos del comisionista y mamá entregó las llaves y la casa.-
Ahora me dirijo solo hacia la capilla de la estancia. Son veinticinco kilómetros de balastro hasta el primer portón.
Entro, enciendo una vela, dos, tres.. cien. No se las que hay en el altar, pero alumbran tanto como las luces de la parroquia del pueblo en los tiempos de las arañas de cristal. Esa penumbra me permite ver con claridad las bóvedas de mis abuelos y de mi tía, sepultados en aquella capilla de la estancia familiar.
Inclinado en el sepulcro abro el abanico con delicadeza y lo apoyo en el mármol bajo el retrato de mi tía en sus años de primavera.
Las velas arden y su luz imprime un color especial al recinto, un arco iris que surge desde el nácar y baña las paredes y mis manos, las que en señal de respeto, sin pensarlo, cruzan mi frente y mi pecho formando la señal de la cruz.-
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